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Salud

Estamos criando a nuestros hijos en una sociedad que todavía no aprendió a cuidar a sus madres

La revolución del cerebro materno, las exigencias de una generación y la necesidad de transformar nuestra mirada sobre la maternidad.

Una mamá sentada sobre una alfombra sostiene a su bebé recién nacido contra el pecho mientras el papá, arrodillado detrás, la cubre con una manta
Dra. Águeda Figueroa

Dra. Águeda Figueroa

Pediatra y neonatóloga

Publicado 30 de octubre de 2026

Durante décadas, la medicina nos enseñó a observar el comienzo de una nueva vida. Aprendimos a controlar el crecimiento fetal, identificar riesgos, acompañar el nacimiento y proteger la salud del recién nacido.

Los avances han sido extraordinarios. Sin embargo, mientras perfeccionábamos nuestra capacidad para cuidar al niño que estaba por nacer, dejamos en segundo plano otra transformación igualmente profunda: la de la mujer que se convierte en madre.

Hoy sabemos que el embarazo no solamente modifica el cuerpo. También transforma el cerebro, las emociones, los vínculos y, muchas veces, la manera en que una mujer se reconoce a sí misma.

Y, sin embargo, seguimos esperando que después de tener un hijo pueda continuar su vida prácticamente como antes.

Que trabaje, que cuide, que se mantenga informada, que recupere su cuerpo, que esté emocionalmente disponible y que disfrute de cada momento.

Nunca tuvimos tanta información sobre maternidad. Nunca existieron tantas recomendaciones sobre lactancia, sueño, estimulación y crianza.

Pero tener más información no siempre significa sentirse más acompañada.

Muchas mujeres llegan a la maternidad con una enorme ilusión, pero también con miedo: a equivocarse, a perder independencia, a interrumpir su desarrollo profesional, a no poder sostener económicamente una familia o a no estar a la altura de lo que se espera de ellas.

Otras postergan el embarazo. Algunas deciden no tener hijos. Y muchas intentan encontrar un momento adecuado que parece alejarse constantemente.

“Quizás sea tiempo de dejar de buscar todas las explicaciones dentro de las mujeres y comenzar a observar el mundo que hemos construido alrededor de ellas.”

El cerebro materno: una transformación que recién comenzamos a comprender

La neurocientífica Susana Carmona, en su libro Neuromaternal, nos invita a descubrir uno de los procesos más fascinantes de la biología humana: la transformación del cerebro durante el embarazo y la maternidad.

Investigaciones lideradas por Elseline Hoekzema, Susana Carmona y otros científicos han demostrado que el embarazo se asocia con modificaciones estructurales en el cerebro, particularmente en regiones vinculadas con procesos de cognición social.

Algunos de estos cambios pueden persistir después del nacimiento. Los estudios también han encontrado asociaciones entre determinadas modificaciones cerebrales y medidas del vínculo materno, aunque todavía queda mucho por comprender sobre su significado funcional.

Durante años se popularizó la expresión mommy brain, utilizada para describir olvidos o dificultades de concentración durante el embarazo y el posparto.

Pero los cambios en el volumen de materia gris observados mediante resonancia magnética no significan, por sí mismos, pérdida de inteligencia ni deterioro cerebral.

La neuroplasticidad es la capacidad del cerebro de modificarse a partir de procesos biológicos y experiencias. El embarazo constituye un período particularmente interesante para estudiar esa capacidad.

No se trata de afirmar que todas las mujeres desarrollan un supuesto instinto maternal idéntico, ni de reducir la maternidad a un mecanismo cerebral.

Se trata de reconocer que estamos frente a una transición biológica de enorme complejidad.

Y esa transformación ocurre al mismo tiempo que una mujer atraviesa cambios hormonales, modificaciones en el sueño, nuevas responsabilidades, expectativas familiares y, muchas veces, una profunda reorganización de su identidad.

“La maternidad no es solamente el nacimiento de un hijo. Es también el comienzo de una nueva etapa en la vida de la mujer que lo recibe.”

Una transformación invisible para la sociedad

Desde la medicina, estamos acostumbrados a evaluar lo que podemos medir.

Durante el embarazo controlamos la presión arterial, el peso, los análisis, el crecimiento fetal y múltiples indicadores de bienestar.

Después del nacimiento, seguimos con atención el peso del bebé, su alimentación, sus reflejos y su desarrollo.

Pero necesitamos hacernos otras preguntas.

  • ¿Cómo está la madre?
  • ¿Está durmiendo?
  • ¿Tiene miedo?
  • ¿Se siente acompañada?
  • ¿Dispone de tiempo para recuperarse?
  • ¿Puede pedir ayuda sin sentirse culpable?

La salud materna no termina con un parto sin complicaciones.

Una mujer puede amar profundamente a su hijo y sentirse agotada. Puede estar feliz de ser madre y extrañar aspectos de su vida anterior. Puede experimentar momentos de conexión extraordinaria con su bebé y, al mismo tiempo, necesitar silencio, descanso y espacio personal.

La ambivalencia no invalida el amor.

Tampoco debemos confundir todas las dificultades emocionales con enfermedades. La adaptación a la maternidad es un proceso complejo y variable.

Pero reconocer esa diversidad no significa minimizar el sufrimiento. La depresión y la ansiedad perinatales requieren detección, evaluación y tratamiento oportunos.

Necesitamos una medicina capaz de distinguir entre las experiencias habituales de adaptación y aquellas situaciones que requieren atención especializada.

Y, sobre todo, necesitamos una medicina que no espere a que una mujer esté desbordada para comenzar a preguntarle cómo se siente.

La maternidad en la era de la comparación permanente

A esta transformación biológica y emocional se suma una característica particular de nuestra época: la exposición constante a modelos idealizados de maternidad.

Las redes sociales muestran mujeres que parecen recuperarse inmediatamente después del parto, bebés que duermen perfectamente, hogares organizados y madres que logran combinar trabajo, crianza, pareja, ejercicio y vida social.

La información puede ser valiosa. Las comunidades digitales también pueden ofrecer apoyo y disminuir el aislamiento.

Pero la comparación permanente con imágenes cuidadosamente seleccionadas puede generar expectativas difíciles de alcanzar.

La maternidad comienza a parecer una sucesión de decisiones que deben tomarse correctamente.

Cómo alimentar. Cómo dormir. Cómo estimular. Cuándo hablar. Cuándo caminar. Cuánto tiempo dedicar al juego.

Cada elección parece tener consecuencias definitivas sobre el futuro de un hijo.

Y una mujer que todavía está aprendiendo a conocer a su bebé puede sentir que siempre debería estar haciendo algo más.

El psicólogo social Jonathan Haidt, en La generación ansiosa, plantea una reflexión sobre la relación entre los cambios del entorno tecnológico, las experiencias sociales y el bienestar emocional de los jóvenes.

Aunque su análisis se centra principalmente en la infancia y la adolescencia, nos invita a considerar una pregunta relevante para la maternidad: qué ocurre cuando transformamos profundamente el entorno cotidiano y después responsabilizamos a las personas por las dificultades que experimentan dentro de él.

No podemos afirmar que las redes sociales sean la causa principal de la ansiedad materna ni de la disminución de la natalidad. La evidencia no permite una conclusión tan simple.

Pero sí podemos preguntarnos cuánto contribuyen determinados mensajes a convertir la crianza en una experiencia de vigilancia, comparación y autoexigencia.

“Hemos transformado una experiencia que necesita tiempo, vínculos y aprendizaje en una actividad que muchas mujeres sienten que deben realizar a la perfección.”

La paradoja de la maternidad contemporánea

Existe una contradicción profunda en nuestra sociedad.

  • Nunca hablamos tanto sobre la importancia de la presencia emocional de los padres, pero muchas familias tienen cada vez más dificultades para disponer de tiempo.
  • Promovemos la lactancia, pero no siempre garantizamos condiciones laborales que permitan sostenerla.
  • Hablamos de corresponsabilidad, pero seguimos organizando buena parte del cuidado alrededor de la disponibilidad de la madre.
  • Recomendamos proteger la salud mental, pero muchas mujeres no cuentan con redes de apoyo ni con acceso oportuno a profesionales.

Y cuando una madre se siente agotada, la respuesta suele concentrarse en ella.

Que se organice mejor. Que descanse. Que pida ayuda. Que aprenda a manejar el estrés.

Son recomendaciones que pueden resultar útiles, pero insuficientes cuando el problema también se encuentra en las condiciones que la rodean.

No podemos resolver únicamente con estrategias individuales dificultades que tienen componentes familiares, laborales, económicos y culturales.

“A veces, una madre no necesita aprender a soportar más exigencias. Necesita que dejemos de exigirle tanto y comencemos a acompañarla mejor.”

¿Por qué las nuevas generaciones postergan la maternidad?

La disminución de la natalidad constituye uno de los cambios demográficos más importantes de las últimas décadas.

En Argentina, los nacimientos registrados pasaron de aproximadamente 728.000 en 2016 a 413.000 en 2024.

Es una transformación significativa, pero no puede explicarse mediante una sola causa.

Influyen la educación, el acceso a métodos anticonceptivos, las decisiones personales, la edad de formación de las parejas, las condiciones económicas, la vivienda, el empleo y las nuevas expectativas sobre la vida familiar.

También debemos reconocer un avance fundamental: hoy más mujeres pueden decidir si desean tener hijos y cuándo hacerlo.

Esa libertad no debería interpretarse como un problema.

Sin embargo, el informe mundial del Fondo de Población de las Naciones Unidas de 2025 señala que muchas personas encuentran obstáculos para alcanzar el número de hijos que desean.

Y allí aparece una cuestión que merece nuestra atención.

Hay mujeres que no desean ser madres y tienen derecho a elegir ese camino.

Pero también hay mujeres que desean tener hijos y sienten que no pueden hacerlo.

  • Por falta de estabilidad económica.
  • Por temor a perder oportunidades profesionales.
  • Por ausencia de redes de cuidado.
  • Por la dificultad de conciliar una vida laboral exigente con las responsabilidades de la crianza.

No todas las decisiones reproductivas responden a las mismas razones.

Por eso, el objetivo de una sociedad no debería ser aumentar la natalidad a cualquier costo.

“Debería ser garantizar que tener o no tener hijos sea una decisión verdaderamente libre, y que la maternidad deseada no se convierta en una renuncia a la propia identidad.”

La medicina también necesita cambiar

La neurociencia materna nos ofrece una oportunidad para revisar nuestros modelos de atención.

No alcanza con incorporar conocimientos sobre el cerebro de la mujer si seguimos organizando la asistencia como si sus necesidades terminaran después del parto.

El embarazo, el nacimiento y el primer año de vida deberían abordarse desde una perspectiva integral.

Esto implica acompañar la recuperación física, evaluar el bienestar emocional, identificar factores de riesgo, facilitar el acceso a salud mental y fortalecer los vínculos familiares.

También significa incorporar a los padres, parejas y otros cuidadores desde el comienzo.

No solamente para enseñarles a cambiar pañales o preparar un biberón, sino para que comprendan que cuidar a un niño implica asumir responsabilidades, sostener emocionalmente y compartir el trabajo cotidiano.

La madre no debería convertirse en la administradora exclusiva del cuidado, encargada incluso de indicarles a los demás cómo ayudarla.

La corresponsabilidad comienza cuando cada adulto reconoce su propio lugar.

Un papá sostiene a su bebé dormido contra el pecho en un sillón, de noche, mientras la mamá descansa en el sofá bajo una manta

Y la medicina también debe revisar su manera de comunicar.

Informar no debería significar asustar.

Educar no debería convertirse en generar culpa.

Acompañar no debería ser imponer una única manera de criar.

Los niños necesitan controles adecuados y detección temprana de dificultades. Pero también necesitan que respetemos la variabilidad de sus procesos de desarrollo.

No todos hablan, caminan, duermen o se expresan exactamente al mismo tiempo.

Los profesionales debemos saber identificar señales de alarma sin convertir cada diferencia en una sospecha de enfermedad.

La buena medicina no solamente detecta patologías. También reconoce los procesos normales, escucha y transmite confianza.

De la reflexión a la acción: qué podemos cambiar en Argentina

Si realmente queremos acompañar mejor a las madres, debemos transformar este conocimiento en acciones.

Algunas pueden comenzar dentro de los sistemas sanitarios existentes. Otras requieren decisiones colectivas, inversión y reformas de mayor alcance.

Primero, incorporar el bienestar emocional materno a los controles habituales.

Durante el embarazo y el primer año después del parto, deberíamos garantizar oportunidades de evaluación y acompañamiento psicológico, con circuitos claros de atención y derivación. Los controles pediátricos también pueden ofrecer una oportunidad para detectar necesidades de apoyo, sin reemplazar la atención específica de la mujer.

Segundo, preparar a las familias para cuidar.

Los cursos prenatales deberían incluir encuentros para padres, parejas y otros cuidadores, abordando la transformación emocional de la maternidad, el descanso, la distribución de responsabilidades y la importancia de construir redes de sostén.

Tercero, revisar progresivamente las licencias familiares.

La legislación laboral argentina contempla, en su régimen general, una licencia por maternidad de 90 días y una licencia por nacimiento de dos días corridos para el otro progenitor. Estas condiciones merecen una revisión que considere las necesidades de recuperación, vinculación y corresponsabilidad, así como la situación de quienes trabajan fuera del empleo formal.

Cuarto, facilitar la compatibilidad entre trabajo y crianza.

La flexibilidad horaria cuando sea posible, los espacios adecuados para lactancia, el acceso a servicios de cuidado infantil y los mecanismos de reincorporación laboral pueden reducir barreras importantes para las familias.

Quinto, recuperar las redes comunitarias.

Los hospitales, maternidades y centros de atención primaria podrían ofrecer espacios gratuitos de encuentro entre familias, donde compartir experiencias y recibir orientación profesional sin juicios ni exigencias innecesarias.

Sexto, construir una educación perinatal que informe sin generar miedo.

Necesitamos información clara, científica y accesible, que ayude a reconocer las necesidades reales de los bebés, acompañar su desarrollo y comprender que la crianza no es una competencia.

Estas propuestas no garantizan que aumente la natalidad ni eliminan todas las dificultades de la maternidad.

Pero pueden contribuir a mejorar el bienestar de las familias y a reducir algunas de las barreras que condicionan sus decisiones.

Y ese objetivo ya merece nuestro compromiso.

La transformación que nos falta

Quizás el mayor aprendizaje de la neurociencia materna no sea solamente descubrir cuánto cambia el cerebro de una mujer durante el embarazo.

Quizás sea comprender cuánto necesita esa mujer de su entorno mientras atraviesa la transformación.

Porque el cerebro humano no se desarrolla ni se adapta en el vacío.

Vivimos en relación con otros. Necesitamos vínculos, seguridad, descanso, oportunidades y cuidado.

La maternidad tampoco ocurre en el vacío.

Sucede dentro de una familia, de un sistema sanitario, de una organización laboral y de una cultura que puede acompañar o dificultar la experiencia.

Durante décadas, la medicina nos enseñó a cuidar al niño que estaba por nacer. Hoy, la neurociencia nos invita a comprender también a la mujer que se transforma para recibirlo.

Pero ese conocimiento nos compromete.

No podemos seguir pidiendo maternidades amorosas, pacientes, presentes y emocionalmente disponibles mientras dejamos a las mujeres solas frente a exigencias cada vez mayores.

Si queremos una sociedad donde tener hijos sea una posibilidad deseada y no una renuncia, debemos empezar por construir condiciones que hagan posible cuidar sin desaparecer como personas.

“No necesitamos exigirles más a las madres. Necesitamos exigirnos más como sociedad.”

Porque el futuro de nuestros niños también depende de cómo cuidamos a las mujeres que los reciben.

Bibliografía

9
  • Carmona, S. (2024). Neuromaternal: ¿Qué le pasa a mi cerebro durante el embarazo y la maternidad?
  • Hoekzema, E., et al. (2017). Pregnancy leads to long-lasting changes in human brain structure. Nature Neuroscience, 20, 287-296.
  • Carmona, S., et al. (2024). Women's neuroplasticity during gestation, childbirth and postpartum. Nature Neuroscience, 27, 319-327.
  • Pritschet, L., et al. (2024). Neuroanatomical changes observed over the course of a human pregnancy. Nature Neuroscience.
  • Haidt, J. (2024). La generación ansiosa.
  • Fondo de Población de las Naciones Unidas (2025). La verdadera crisis de la fecundidad.
  • Ministerio de Salud de Argentina, Dirección de Estadísticas e Información de la Salud. Estadísticas vitales.
  • Organización Mundial de la Salud (2022). WHO recommendations on maternal and newborn care for a positive postnatal experience.
  • República Argentina. Ley 20.744, artículos 158 y 177.

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